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Jorge Abot y el misterio de los signos
Raúl Chavarri
Presentación de catálogo. Madrid, 1977.
 
En tres dimensiones, la pintura argentina se ha acreditado como una de las grandes experiencias de nuestro tiempo: en la neofiguración, en el surrealismo y en la renovación del constructivismo a través de la experiencia titulada “Espacio y vibración”. En la integración de estas tres vertientes encontramos la obra de Jorge Abot, gran artista que viene a España a demostrar el repertorio de sus capacidades.
La recapitulación que Abot realiza de los valores plásticos entronizados en la estética de su país incluye una manera peculiar de incidir en estos territorios, con los que los artistas argentinos concurren a la transformación contemporánea de la expresión pictórica.
En un primer aspecto, Abot es un neofigurativo que procede a un reagrupamiento de la imagen en estrecha correlación con nuevos sistemas de símbolos. En este sentido, hay en su obra un deseo de escrutar en los conceptos tradicionales de imagen y de la forma, definiéndolos como circunstancias ocasionales, a través de las cuales busca el camino de su expresión, la experiencia de la vida entendida como un derrotero fundamental de sorpresas y de descubrimientos.
Esta misma dimensión vital predetermina un acento surrealista evidente en la utilización de algunos elementos del lenguaje plástico, incluso en el uso inexorable de una estrategia casi realista de la figuración, empleada con el propósito de demostrar la ambigüedad de todo lo que puede mirarse y describirse. Sueño y lucidez, realidad y fingimiento se demuestran desde este punto de visto, como las posiciones distintas que pueden adoptar un caleidoscopio al desplazar el punto desde el que miramos una forma determinada y sólo aparentemente precisa. Por último, los magisterios del espacio que diferentes artista compatriotas suyos han ido imponiendo en los últimos tiempos, son para Abot un planteamiento de ordenación. Por muy alborotado e ilógico que en determinados momentos pueda aparecer el universo plástico al que nos remite, todo su discurso pictórico está sometido a un tremendo rigor; si redujéramos las formas expresivas a simples abstracciones, advertiríamos su capacidad de instaurar el predominio de la razón en un espacio concreto, el fundamento de la organización estructural sobre el aparente desorden.
Pero más allá de todas estas acentuaciones de una personalidad, incluso sobrepasando el horizonte de sus aciertos plásticos, hay en la obra de Abot una importancia objetiva, la de develar el misterio de unos signos, con los que al encontrarnos profundamente familiarizados operamos con una enorme insensibilidad e indiferencia. Figuras u objetos, evidencias del mundo del hombre y trasuntos de narraciones, que deliberadamente quedan en estado de suspensión, tienen como fundamento reconciliar al hombre con su condición misteriosa, reintegrarle a un mundo de enigmas de lo incognoscible y de lo inapreciable.
Herméticos o abiertos, estos signos son los trasuntos de un modo extraño, demoníaco, que rehúye el poder y el dominio del hombre, que carga de relatividad todo cuanto se ofrece ante la vista y frente a la experiencia de los sentidos y que denuncia nuestra condición de eternos exiliados, de inquilinos precarios, de un universo de inquietudes y de misterios.